martes, 6 de enero de 2009

Cuento de Navidad

Erase una ciudad grande, como las de ahora, y la policía les había precintado el piso, y ya no tenían para pagar una pensión. Exactamente igual que en los cuentos de Navidad que tienen como protagonista a desgraciados como ellos. "Hace un frio del carajo", dijo el mientras buscaban un portal en condiciones. Había un abeto iluminado al final del bulevar, donde el Corte Ingles y sus luces se confundían con los semáforos, con el destello frio y trágico de una ambulancia que pasaba a la distancia, demasiado lejos para que pudiera oírse la sirena. Una ambulancia muda, con destellos de tragedia urbana. Las ambulancias y los coches de policía y los de pompas fúnebres, se dijo el viendo desaparecer el destello, son igual que pájaros de mal agüero. Vehículos con mala leche.

Lo mismo aquella noche la ambulancia iban a necesitarla ellos. Porque como ustedes ya habrán adivinado, la mujer, la joven, estaba fuera de cuentas, o casi. Caminaban con dificultad, entreabierto el abrigo sobre la barriga, llevando en una mano la Adidas llena de ropa para el que venia en camino, y en la otra una maleta de esas que, a la fuerza de haber ido a tantos sitios, ya no tenía aspecto de ir a ninguna parte.

“Me cago en todo” dijo el. Y ella sonrió, dulce, mirándole el perfil duro y desesperado, el mentón sin afeitar. Sonrió dulce porque lo quería y porque estaba allí, con ella, en vez de haber dicho adiós muy buenas y buscarse la vida en otra parte, con otra chica de las que no se equivocan al anotar con lápiz rojo los días en el calendario.

De vez en cuando se cruzaban con transeúntes apresurados, de esos que siempre aprietan el paso en Navidad porque tienen prisa en llegar a casa. Una mujer de edad se aparto de el, mirando con desconfianza, la mugrienta mochila que llevaba a la espalda, los bultos atados con cuerdas, uno a cada mano. Después un yonqui flaco y tembloroso les pidió cinco duros y, sin obtener respuesta, les siguió un trecho por la acera, caminando detrás, con aire alelado y sin rumbo fijo. Un coche de policía pasó despacio, silencioso. Desde la ventanilla, los agentes les echaron un desapasionado vistazo a ellos y al yonqui antes de alejarse calle abajo.

“Me duele otra vez” dijo ella.

Como era previsible desde que empecé a contarles esta historia, buscaron un portal para descansar. Había uno con cartones en el suelo y un mendigo, hombre o mujer, que dormía envuelto en una manta, bulto oscuro en un rincón que apenas se movió a su llegada. Entonces a ella le dolió otra vez. Y otra. Y el miro a su alrededor con la angustia pintada en la cara, y solo vio al yonqui que los miraba de pie en la entrada del portal. Entonces busco en el bolsillo y le arrojo su última moneda de veinte duros. “Busca a alguien que nos ayude” le dijo “Porque esta quiere parir”.

Entonces ella empezó a llorar y gritar, y el tuvo que cogerle la mano y ahuecarle un nudo entre las piernas con su propio chaquetón y volver a mirar en torno con resignación desesperada. Y solo vio la entrada del portal vacía y un semáforo con la luz roja fundida. Y al mendigo que se levantaba debajo de la manta donde había estad durmiendo con un perrillo, un chucho pequeño y mestizo entre los brazos, y se acercaba a mirarlos con curiosidad, mientras el perro lamia con suaves lengüetazos una de las manos de la chica. Y el, sosteniendo la otra entre las suyas, blasfemo despacio y a conciencia, en voz baja, hasta que sintió sobre los labios la mano libre, los dedos de ella. “No digas esas cosas o nos castigara Dios” le susurro crispada la voz por el dolor.

El soltó una carcajada seca y amarga. Entonces llego el yonqui con un policía, uno de los que había pasado con el coche. Y ella sintió, de pronto, una presencia nueva, cálida, un llanto pequeño y débil entre las piernas. Y exhausta, en un instante de lucidez y paz, se dijo que quizá a partir de ese momento seria mejor, distinto. Como en los cuentos de Navidad que leía de pequeña.

El saco un arrugado paquete de cigarrillos y fumaron los cuatro hombres, mirándola, mientras a lo lejos se escuchaba la sirena de la ambulancia, aproximándose. Entonces ella se durmió dulcemente, agotada y feliz, sintiendo latir entre los muslos ensangrentados aquella nueva vida aun húmeda y tibia. Y alrededor, protegiéndolos del frio, les daban calor el perrillo, el mendigo, el yonqui y el policía.



Patente de Corso, de Arturo Perez-Reverte

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Tu blog...es fantástico. Llevo tiempo leyendote pero nunca me he atrevido a ponerte nada, supongo que empezar un nuevo año y verme en el último día de vacaciones me ha hecho dar el pequeño paso de decirte: Hola! me llamo Marta y te leo desde hace un tiempo:)

jonceltic dijo...

Vinila, es un buen lugar en la aldea global.

Cubil, lo mejor, el yonki pidiendo 5 duros... una de aquellas monedas que nos conectaban a unamaquinita a través de la cual volábamos en batallas contra marcianitos, contra guerreros, contra dinosaurios o marcábamos goles de penalti.

Perez Reverte no me gusta desde que se "templarizó". El mejor Arturo que veíamos en Beirut o Nicaragua en el telediario, que hacía un genial programa de radio para reclusos en Rne, LA LEY DE LA CALLE -todo un Coppola jaja- en la madrugada del viernes a sábado y que escuchaba con mi transistor que mi tío me trajo de Andorra, en Onda Media of course, con un poli (Manolo Jiménez, ahora mediático mañanero) y un reo, dirigido a presos de todas las cárceles de España y que leía cartas de choris para sus pibas...que pensó en Territorio Comanche, en La Tabla de Flandes, es el genuino Reverte. No volveremos a disfrutarle como era, ahora soberbio y cretino, Dios Poseidón que a su barca de pescar le llamaría Mesopotamia... Es una pena que se le haya subido tanto a la cabeza, pero es un sabio que por algo es académico de la Lengua.
Vuelve cartagenero, vuelve...

C. dijo...

Vinila, gracias y bienvenida ;). Yo me llamo Carlos, y ahora que has empezado a responder, no pares, hazme el favor, que mi ego tiene que ser alimentado.

Jon, es cierto que ultimamente al Sr. Perez-Reverte se le va de vez en cuando la pinza... pero que quieres que te diga, le tengo debilidad. En estos tiempos, en los que soplapollas e imbeciles caminan por doquier a nuestro alrededor, pues yo le voy a dejar que se crea lo que se quiera creer, al fin y al cabo este tio a hecho lo suficiente como para convertirse en una personalidad y poder permitirse ciertas licencias.
Y pese a que no vuelva a escribir otro Club Dumas, yo voy a seguir leyendole y disfrutandole, aunque solo sea para ver como le menta la madre a quien tercie esa semana.

Por cierto, el articulo es del 93, de ahi lo de los duros... ;)

Un saludo!

jonceltic dijo...

Identifiqué a aquel Reverte, por eso lo evoqué. Su estilo era inconfundible.

Danann dijo...

hay quien es feliz con muy poco