lunes, 26 de enero de 2009
Memorias de un niño triste
Los dias que llovia, cuando por fin amainaba, solia llevarmelo a la azotea de nuestro edificio para enseñarle lo que habia fuera, y me imaginaba que le gustaria andar saltando por ahi, y creo que realmente lo hacia. Me gustaba pensar eso.
Pero esa vez... estaban los chicos mayores alli, y vieron lo que tenia...y me dijeron que iban a arrojar a mi sapo desde la azotea. Y lo iban a hacer, lo sabia, y tambien sabia que no podia dejarles hacer eso. Dejar que me lo hicieran. Asique yo mismo lo hice. Luego, baje a la calle para encontrarlo. Busque por todas partes, pero nunca lo encontre.
sábado, 17 de enero de 2009
martes, 13 de enero de 2009
Los Hermanos
Llovia sin cesar desde hacia una semana y dos dias atras habian llegado los vientos. Dos chiquillos huian despavoridos entre los arboles. La lluvia no habia cesado, pero al fin estaba amainando. La lluvia caia sobre la cara del pequeño empañandole los ojos. El niño se paso una mano por la cara. A su lado, aferrando su otra mano, estaba su hermano mayor. Apenas unos minutos antes del desenlace final, los pequeños tenian seis y diez años.
"Maldita sea" penso el menor. Las fuerzas le abandonaban. ¿Y ahora que? ¿como iba a decirle a su hermano que ya no podia mas? Otros podrian mostrarse comprensivos, pero su hermano no. El se pondria furioso. Como si le leyera el pensamiento, le grito:
-¡Vamos!¡Tienes que correr mas rapido!

Y corrio mas rapido. El corazon martilleandole en su garganta, el vello de la nuca erizado, los ojos ardiendo, las manos heladas y la seguridad de que, en cualquier momento, una sombra se moveria a su lado y entonces oiria a Eso, gruñendo profundamente. Oiria el gruñido en esos segundos demenciales antes de que la bestia se abalanzase sobre el y le despanzurrara las entrañas.
El pequeño seguia corriendo tan rapido como podia, cuando se dio cuenta de que llevaba los cordones de una de las zapatillas desatados y de que esos cordones serian su perdicion: la cosa les permitiria llegar casi hasta el pueblo y entonces una de sus garras le cogeria unos de los cordones y tiraria hacia atras y...
Su hermano le estiro con el brazo, haciendole esquivar un arbol que no habia visto al estar ensimismado con sus pies. La desgracia llego, cuando al verse movido por ese impulso, el pequeño tropezo con sus pies y cayo despatarrado con un grito de dolor por un terraplen.
-Mierda y mierda- escucho como chillava su hermano, en las alturas, mientras el rodaba hacia lo que le parecia un abismo.
Se le escapo un grito de dolor cuando un tronco freno su caida. Intento levantarse desesperadamente, pero un terrible pinchazo en el tobillo se lo impidio, y cayo de nuevo. Le basto un vistazo a la extraña curva que hacia el pie, para darse cuenta que tenia el tobillo roto, y se echo a sollozar, impotente.
El agua hacia un ruido hueco al caer entre las hojas. Ese sonido le dio escalofrios. Hacia pensar en...
-¡Eh!- exclamo su hermano, mientras descendia a su lado.- ¿Que ha pasado?
El pequeño le miro con los ojos humedos. Las lagrimas se fundian con la lluvia.
-Me he caido- sollozo, mientras se quitaba los mocos de la nariz con el dorso de la mano.
-Eres un inutil- le susurro cordialmente su hermano, acuclillandose al lado mientras observaba su pierna y se daba cuenta que poco podia hacer.
-No soy ningun inutil- le reprocho el pequeño, mientras sorbia sus propios mocos, que no dejaban de manar.
-Si lo eres- dijo el mayor- No eres otra cosa que un inutil de culo gordo, negro y asqueroso.
El pequeño trato de imaginar a un chico que solo fuese un culo con piernas y comenzo a reirse.
-Tienes un culo mas grande que un toro- dijo el mayor, tambien riendo por lo bajo.
-Tu culo es mas grande que un mamut- replico el pequeño, lo que les hizo desternillarse de risa durante unos segundos, olvidandose de todo lo demas.

Poco a poco, sus risas se fueron apagando, y la angustia volvio a reinar en sus cuerpos. El pequeño se recosto sobre el arbol.
-No puedo moverme- le susurro con un leve tono de disculpa.
-Lo se- respondio el mayor mientras se sentaba a su lado. Luego le miro con una sonrisa triste- De todas formas, aqui no nos vera. Seguro que pasa de largo.
Sobre sus cabezas, una torva rafaga de viento otoñal hizo silbar los arboles, casi completamente liberados de sus hojas a causa de la tormenta.
El pequeño empezo a pensar en lo que opinarian sus padres de todo aquello si algun dia se enteraban... ¡Que estupidez! No existian monstruos con garras peludas y llenos de furia asesina. De vez en cuando alguien se volvia loco y mataba a mucha gente, pero no existia ningun monstruo horripilante. No obstante, habian visto a la bestia, y era algo tan horripilante que la peor de las pesadillas que habia imaginado, parecia un dulce sueño en comparacion. Lo que vieron habria destruido la cordura de cualquier adulto de un zarpazo.
Los olores a humedad y hortalizas podridas se mezclaban con un olor inconfundible e ineludible, el del montruo. Era el olor del algo que el no sabia nombrar, el olor de algo agazapado al acecho y listo para saltar. Una criatura capaz de comer cualquier cosa, pero especialmente hambrienta de niños.

Mientras los minutos pasaban, sus cuerpos se iban empapando. El frio se empezaba a clavarse como un cuchillo cruel. El niño pequeño empezo a tiritar.
-Lo ssssssientooooo- susurro mientras sus dientes chocaban
-Tonto- dijo el mayor mientras pasaba un brazo sobre su hermano, y atraia su pequeño cuerpo. De pronto parecia cansado... cansado y no muy bien. Y entonces hizo algo que no habia hecho hacia mucho tiempo: beso a su hermano en la mejilla.
-Marrrriquitttta- le dijo el pequeño, algo mas animado, a la vez que se acurrucaba junto a su hermano.
El chiquillo estaba esperando a su extraña muerte. Y el sentimiento que le colmaba en ese momento era, simplemente amor, amor hacia su hermano.. amor y tambien cierta tristeza porque jamas podria demostrarselo. Pero sobre todo amor y admiracion. Porque a pesar de todo, sabia que al final la bestia le encontraria , y su hermano se habia quedado con el de todas formas. Y entonces dejo de tiritar. Habia dejado de tener miedo. Ya nada importaba. Pasara lo que pasara, su hermano siempre estaria a su lado. Para toda la eternidad.
domingo, 11 de enero de 2009
Pesadilla
Buen chico, ganaste esta mano de la partida,ganaste esta batalla.
Tu truco funciono...
¿Crees que ha terminado?
Jamas termina.
No importa a donde viajes, no importa a donde vayas.
No te olvidare.
Solo estoy a un pensamiento de distancia.
Soy mas viejo que tu, chico.
Mas viejo de lo que nunca seras.
Soy el artista, y el espectaculo nunca termina.
Puedo esperar para siempre.
Y lo hare...
martes, 6 de enero de 2009
Cuento de Navidad
Erase una ciudad grande, como las de ahora, y la policía les había precintado el piso, y ya no tenían para pagar una pensión. Exactamente igual que en los cuentos de Navidad que tienen como protagonista a desgraciados como ellos. "Hace un frio del carajo", dijo el mientras buscaban un portal en condiciones. Había un abeto iluminado al final del bulevar, donde el Corte Ingles y sus luces se confundían con los semáforos, con el destello frio y trágico de una ambulancia que pasaba a la distancia, demasiado lejos para que pudiera oírse la sirena. Una ambulancia muda, con destellos de tragedia urbana. Las ambulancias y los coches de policía y los de pompas fúnebres, se dijo el viendo desaparecer el destello, son igual que pájaros de mal agüero. Vehículos con mala leche.
Lo mismo aquella noche la ambulancia iban a necesitarla ellos. Porque como ustedes ya habrán adivinado, la mujer, la joven, estaba fuera de cuentas, o casi. Caminaban con dificultad, entreabierto el abrigo sobre la barriga, llevando en una mano la Adidas llena de ropa para el que venia en camino, y en la otra una maleta de esas que, a la fuerza de haber ido a tantos sitios, ya no tenía aspecto de ir a ninguna parte.
“Me cago en todo” dijo el. Y ella sonrió, dulce, mirándole el perfil duro y desesperado, el mentón sin afeitar. Sonrió dulce porque lo quería y porque estaba allí, con ella, en vez de haber dicho adiós muy buenas y buscarse la vida en otra parte, con otra chica de las que no se equivocan al anotar con lápiz rojo los días en el calendario.
De vez en cuando se cruzaban con transeúntes apresurados, de esos que siempre aprietan el paso en Navidad porque tienen prisa en llegar a casa. Una mujer de edad se aparto de el, mirando con desconfianza, la mugrienta mochila que llevaba a la espalda, los bultos atados con cuerdas, uno a cada mano. Después un yonqui flaco y tembloroso les pidió cinco duros y, sin obtener respuesta, les siguió un trecho por la acera, caminando detrás, con aire alelado y sin rumbo fijo. Un coche de policía pasó despacio, silencioso. Desde la ventanilla, los agentes les echaron un desapasionado vistazo a ellos y al yonqui antes de alejarse calle abajo.
“Me duele otra vez” dijo ella.
Como era previsible desde que empecé a contarles esta historia, buscaron un portal para descansar. Había uno con cartones en el suelo y un mendigo, hombre o mujer, que dormía envuelto en una manta, bulto oscuro en un rincón que apenas se movió a su llegada. Entonces a ella le dolió otra vez. Y otra. Y el miro a su alrededor con la angustia pintada en la cara, y solo vio al yonqui que los miraba de pie en la entrada del portal. Entonces busco en el bolsillo y le arrojo su última moneda de veinte duros. “Busca a alguien que nos ayude” le dijo “Porque esta quiere parir”.
Entonces ella empezó a llorar y gritar, y el tuvo que cogerle la mano y ahuecarle un nudo entre las piernas con su propio chaquetón y volver a mirar en torno con resignación desesperada. Y solo vio la entrada del portal vacía y un semáforo con la luz roja fundida. Y al mendigo que se levantaba debajo de la manta donde había estad durmiendo con un perrillo, un chucho pequeño y mestizo entre los brazos, y se acercaba a mirarlos con curiosidad, mientras el perro lamia con suaves lengüetazos una de las manos de la chica. Y el, sosteniendo la otra entre las suyas, blasfemo despacio y a conciencia, en voz baja, hasta que sintió sobre los labios la mano libre, los dedos de ella. “No digas esas cosas o nos castigara Dios” le susurro crispada la voz por el dolor.
El soltó una carcajada seca y amarga. Entonces llego el yonqui con un policía, uno de los que había pasado con el coche. Y ella sintió, de pronto, una presencia nueva, cálida, un llanto pequeño y débil entre las piernas. Y exhausta, en un instante de lucidez y paz, se dijo que quizá a partir de ese momento seria mejor, distinto. Como en los cuentos de Navidad que leía de pequeña.
El saco un arrugado paquete de cigarrillos y fumaron los cuatro hombres, mirándola, mientras a lo lejos se escuchaba la sirena de la ambulancia, aproximándose. Entonces ella se durmió dulcemente, agotada y feliz, sintiendo latir entre los muslos ensangrentados aquella nueva vida aun húmeda y tibia. Y alrededor, protegiéndolos del frio, les daban calor el perrillo, el mendigo, el yonqui y el policía.
Patente de Corso, de Arturo Perez-Reverte

